Son las 17:55 de
un jueves. Quedan 5 minutos para que mi jornada laboral finalice. De pronto, a
las 17:58, aparece mi jefe con dos castañuelas verdes. Jodidamente verdes.
Brillaban en una lúgubre oficina que ya
se preparaba para cerrar.
Todo se hubiese
quedado en una anécdota si sólo llevase las castañuelas. Pero mi jefe, Alfonso
Gonorrea, iba gritando y diciendo cosas como "perejil abrupto necesita
escarmiento pronto, oh Señor mío, sácame de esta posesión". Pronto supimos
que era grave. Saqué el gramófono de mi cajón y le comencé a tomar la tensión,
hasta que en un comentario (muy hábil por cierto) de mi compañero, Matías
Tractoril, diciéndome que eso no era para la tensión lo solté muy excitado.
También recuerdo alguna carcajada de la zona de Recursos Humanos.
Pasaban las 6 de la tarde y el señor Gonorrea seguía diciendo cosas raras. Todos queríamos irnos a casa ya, pero no podíamos dejarlo allí. Gastón Alburriaque VI, mi compañero de oficina más serio, se levantó, pidió el turno de palabra y dijo con el ceño fruncido:
—Me tenéis hasta los cojones, me voy a casa, algunos tenemos una mujer puta y unos hijos sidosos a los que maltratar—. Entonces, cogió su impresora 3D, con la que todas las mañanas a las 9:04 imprimía armas blancas para "uso personal", y salió corriendo. La gente se puso más nerviosa si cabe, ya que Gastón ponía algo de tranquilidad en la oficina.
27 minutos después de la marcha de Gastón, mi jefe comenzó a
bailar. Lo estaban sujetando entre cuatro personas pero no podían. Estaba ido.
No era él. Mientras todos estaban consternados yo estaba sentado, pensando. Tuve
una idea maravillosa. Salí corriendo de la oficina y fui al Corte Escocés más
cercano. Compré una guitarra. <<Esto le sacará de ese
"encantamiento" o estado>> pensé. Recuerdo que toqué los
acordes Sol, Lam y Do y mi jefe paró en seco. Todos lo celebraron, pero de
repente le estalló la cabeza, salpicando prácticamente toda la oficina de
sangre y trozos de las castañuelas verdes que llevaba colgadas en la oreja
izquierda. Recuerdo la cara de Fermín Uralitex, jefe de ventas de la zona "Persianas y cosechadoras", cuando su monitor se llenó de rojo completamente. Su rostro era algo parecido a un rastrillo con alforjas azules sin un destino concreto en el eje de coordendas, ya me entendéis.
Evidentemente, la
celebración fue aún mayor. Ah, y aquella noche
follé. Adiós.

jajajajajaj que cojones tomas tio
ResponderEliminarTu mente tiene algo especial, calva.
ResponderEliminartienes un don para poner nombres jajaja
ResponderEliminarme encantaria tener un blog asi la verdad. enhorabuena ;)
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